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Iluminaciones transitorias
Antonio Desquirón Oliva
Es difícil hablar sobre
reuniones. Si participar no es fácil, diga usted hablar sobre ellas. Ya es
un lugar común tildarlas de lo que se las tilda, por ello no quiero echar
más leña al fuego. Si digo que la reunión es uno de los momentos en que
pasamos más cerca de la Iluminación Transitoria (el satori del budismo zen),
resulta más que fácil tropezar con la ironía. Y sin embargo, hablo
completamente en serio. Se trata de un tiempo fuera del Tiempo en el que
confluyen varias regiones del yo.
Los dibujos que se generan durante ellas son actos íntimos e informales que
quieren mantenerse así, como el amor y los sueños. No aspiran a la
trascendencia, aunque, concientes de que dicen “algo”, nos neguemos a
eliminarlas de las gavetas..jpg)
Precisan de cierta disposición, pero no la plena voluntad: hay que esperar a
que un gesto, un sonido, una luz, los desencadenen.
Resultados de la atención restringida, convocan una tensión y lucidez
especiales. Aunque la escritura automática ignorase el resultado -por algo
se llamaba como se llamaba- alcanzaba la sobrerrealidad a partir de la
intención de consumar un acto artístico. En este caso se presenta una
porción de interrogantes: ¿siempre y en cualquier circunstancia es
indispensable la plena voluntariedad para consumar el arte? ¿Cuál es la
relación voluntad-creación?. Estrictamente hablando ¿estos dibujos llegan a
ser arte?. Y sin embargo ¿es necesario preocuparse?
Por otra parte, los dibujos de agendas reflejan fielmente a sus creadores y
de cierta manera los reproducen: son como hijos suyos innegables. A la
postre, ilustran sin comentar y comunican sin decir.
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Habitan un espacio misterioso más allá de lo cotidiano pero vecino a él:
como páginas enfrentadas, se tocan pero soportan imágenes disímiles.
Dibujar durante las reuniones o en los márgenes de los cuadernos no es raro:
muchos lo hacen. Se me ocurre cierto aire de familia con las caricaturas de
José Martí, los “bichos” de Samuel Feijóo, los “caprichos” de Nicolás
Guillén y los de Lezama.
Lo raro es atesorar estos pequeños dibujos y, todavía más, exhibirlos.
Como cualquier registro de obsesiones, descubri-mientos, personajes que
cruzan por nosotros, Agenda de notas contiene una chispa diabólica que no la
hace ideal para salones ni bienales. Sólo un ámbito tan concientemente
trasgresor y perseguidor de las potencialidades humanas como la Fiesta del
Fuego, los acoge con esa mezcla de complicidad, devoción y júbilo por donde
inevitablemente transitan.
Bienvenidas, pues, las agendas de Abel Enrique Prieto y Alberto Lescay.
Ábranlas ya y déjenlas ver.
Verano 2007.
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