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Abstracción matérica
Fotografías de Dany Hernández y Alberto Lescay
Antonio Desquirón Oliva

En los años '80, cuando después de un largo hiato, renació en Santiago el entusiasmo por la Fotografía, el lenguaje visual -los códigos, para ser más gratos a quienes prefieren cierta jerga- iba hacia lo testimonial. Es decir, carnavales, torsos sudorosos, ancianitos, niños jugando, las raíces étnicas, lo cual no está mal ni bien, sólo que entonces se consideraba el único tema válido o por lo menos “conectado” de hacer imágenes en estas islas. Como creo padecer cierto tipo peculiar de agorafobia que me dificulta en extremo manejar equipos fotográficos en público, comenté que me sentía capaz de hacer fotos válidas sin salir del patio de la casa. Cosa que nunca hice.

Hoy la vida me da la alegría de tener ante mí un grupo de fotos que parecieran hechas dentro o en los alrededores de casa. En todas ellas hay la suficiente cantidad de meditación sobre la naturaleza y el ser humano como para que valga mucho la pena realizarlas y exponerlas con ocasión de esta Fiesta del Fuego. En estos años que la realidad planetaria obliga a poner en valor esa relación profunda que existe entre nosotros los seres humanos y lo que nuestra civilización “desencantada” dio en llamar “la naturaleza” -como si se tratara de algo diferente y hasta opuesto- es para mi casi un regalo el meditar en voz alta estas formas fotográficas.

El éxito arrasador de todos los géneros de abstracción reside en buena parte en su capacidad de provocación. No dicen: te hacen decir. Hay formas y texturas que sugieren lo material y otras que, a partir de lo palpable nos envían hacia una manera diferente -y quien sabe si opuesta- de concebir el mundo.

En cualquier caso, ni unas ni otras pueden existir sin mirar a los objetos, a las plantas y a las piedras. Para mi, eso es trascendental.

La obra fotográfica del matancero Dany Hernández se sustenta por completo en el diálogo visual con las cosas y los espacios, a los que se ha sustituido por otra la identidad primera. La gran cantidad de diagonales, planos de grises, texturas y luces de gran dramatismo caracterizan una fotografía intelectual que, sin embargo, se basa en una cotidianidad para nada relacionada con el costumbrismo (no utensilios abollados, ni cubiertos entrelazados, ni alimentos, ni tubos de dentríficos vacíos); en todo caso recuerdan la foto abstracta cubana de los años '30 y '40 -que no por exigua debe ignorarse.

De las fotos de Lescay, creo que lo principal es su asombroso parecido con su obra pictórica. De hecho hay algunas -como observó una curadora con quien trabajo- que parecen un cuadro suyo. Es cierto que actualmente suelen verse artistas que anteriormente nos sorprendieron con una manifestación y ahora lo hacen con la foto o el video: la facilidad práctica de obtener imágenes es tal que resulta totalmente esperable, frecuente y por-qué-no, que las mismas se manipulen a partir de cualquier técnica puesta a nuestra disposición. El cuarto oscuro y los reveladores definitivamente ya se abrieron. Hacer fotos hoy es mucho más frecuente, más difundido, menos privativo del fotógrafo, pero también más inquisitivo y con un sello más personal e íntimo que hace quince o veinte años. Nadie se asombre: en definitiva, hace siglos que escribir también lo es y no abundan los Proust ni los Thoman Mann.

Como las verdaderas obsesiones, las de Lescay siguen intactas: su gama cromática emparentada con lo térreo y lo umbrío, sus superficies broncas, el cuerpo de la hembra, el sexo. Más allá de lo curioso, ocurre que la naturaleza, bien sea en los cuerpos humanos, bien sea en la disposición de los paisajes, perece hablar un solo idioma.

Santiago de Cuba,
Junio 2008


       

     
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